El Capital Intelectual es una nueva denominación que se ha puesto de moda para los activos intangibles que tiene una organización, entre otros podemos mencionar: la capacidad de aprendizaje, la motivación de los empleados, las relaciones con los clientes, la capacidad para formular estrategias innovadoras…
Mucha gente se refiere al concepto de Capital Intelectual referido a los conocimientos de una determinada persona. Es correcto, pero realmente el concepto es más amplio y se refiere a todos los intangibles que posee la organización, no sólo a los conocimientos personales.
Steward define el Capital Intelectual como material intelectual, conocimiento, información, propiedad intelectual, experiencia, que puede utilizarse para crear valor. Es fuerza cerebral colectiva. Es difícil de identificar y aún más de distribuir eficazmente. Pero quien lo encuentra y lo explota, triunfa.
Por su parte, Edvinsson presenta el Concepto de Capital Intelectual mediante la utilización de la siguiente metáfora: Una corporación es como un árbol. Hay una parte que es visible (las frutas) y una parte que está oculta (las raíces). Si solamente te preocupas por las frutas, el árbol puede morir. Para que el árbol crezca y continúe dando frutos, será necesario que las raíces estén sanas y nutridas. Esto es válido para las empresas: si solo nos concentramos en los frutos (los resultados financieros) e ignoramos los valores escondidos, la compañía no subsistirá en el largo plazo. Los valores escondidos son el Capital Intelectual para él.
En definitiva, El Capital Intelectual lo podemos definir como el conjunto de Activos Intangibles de una organización que, pese a no estar reflejados en los estados contables tradicionales, en la actualidad generan valor o tiene potencial de generarlo en el futuro.
Los conocimientos de las personas, la satisfacción de los empleados, el know-how de la empresa o la satisfacción de los clientes, son activos que explican buena parte de la valoración que el mercado concede a una organización y que, sin embargo, no son recogidos en el valor contable de la misma.
Está claro que existe un capital que nadie se preocupa por medir y del que nadie informa dentro de la organización, pero que sin lugar a dudas tiene un valor real. Identificar y medir el Capital Intelectual (Activos Intangibles) permite convertir en visibles los activos que generan valor.
En definitiva, si una empresa basa su competitividad en el conocimiento (entendido en sentido amplio), el sistema contable capta muy poco de lo que pasa en su interior. La pregunta es entonces: ¿En el siglo XXI cuantas empresas están basadas en el conocimiento? La mayoría. ¿Entonces por qué no se preocupan por medir sus intangibles?
Cualquiera que sea la definición de Capital Intelectual que adoptemos, es evidente que su valor es muy importante. Se calcula que puede llegar a tres o cuatro veces el valor de los activos tangibles, o incluso más, en función del sector y de la empresa concreta a la que nos refiramos. Actualmente hay un gran interés por clasificar los Activos Intangibles (Capital Intelectual), que se refleja en el gran numeroso de modelos que pretenden clasificarlos y medirlos. Pero ante de profundizar en algunos de ellos, reflexionemos sobre lo que dicen se dice sobre el Capital Intelectual:
“Cuando la Bolsa evalúa una empresa a tres, cuatro o diez veces el valor contable de sus bienes, está expresando una verdad sencilla pero profunda: los bienes tangibles de una empresa intelectual aportan mucho menos al valor de su producto (o servicio) terminado que los intangibles: el talento de sus trabajadores, la eficacia de sus sistemas de direcciónn, el carácter de sus relaciones con los clientes, todo lo que en conjunto constituye su Capital Intelectual. Actualmente, todo parece indicar que invertir en una empresa significa comprar un conjunto de talentos, aptitudes, destrezas e ideas, en fin, no un capital físico sino intelectual” (Steward).
“El modelo tradicional de contabilidad que tan bien describía las operaciones de las empresas durante medio milenio, ya no puede seguir el ritmo de la evolución que se está operando en los negocios... La verdad desnuda es esta: en la actualidad no tenemos ni idea de qué empresas, grandes o pequeñas, jóvenes o antiguas, tienen una capacidad organizativa sostenible” (Edvinsson y Malone).
“Como índice, el valor en libros está totalmente muerto. Es un instrumento de la era industrial. Vivimos en la era de la informática, desde luego, aun cuando es notable que muy pocas personas hayan podido ponerse a tono con la realidad. La prueba es el hecho de que no se comprende la importancia decreciente del valor en libros y de los activos materiales que forman el numerador de la proposición. La inteligencia humana y los recursos intelectuales son hoy los más valiosos activos de cualquier empresa... El economista que invente una nueva manera de medir el valor central tendrá que contabilizar los nuevos valores intangibles que van hoy en ascenso... Por ahora la sociedad carece totalmente del sistema de medición necesario para medir estas nuevas fuentes de riqueza” (Karlgaard).
“Siempre ha habido vacíos ocasionales y temporales entre la percepción del mercado y la realidad contable, pero ahora ese vacío se está convirtiendo en un abismo. Y eso a su vez sugiere que estamos no frente a una aberración temporal sino ante un fallo sistémico en la manera de medir el valor, una discrepancia fundamental entre la historia que cuenta el balance general y la verdadera que viven a diario las organizaciones mismas” (Edvinsson y Malone).
Es evidente que el valor real de una empresa, reside en sus activos ocultos, en su Capital Intelectual y no se puede determinar mediante los estados contables tradicionales. El problema es que la mayoría de las organizaciones no se preocupan por medir y gestionar sus activos intangibles, que como intuimos, son los auténticos creadores de ventajas competitivas sostenibles. Seguimos confiando en la contabilidad financiera tradicional, para que nos informe de su estado general. Seguimos utilizando un instrumento preparado para las empresas del siglo XIX, ya entrado el siglo XXI. Sin duda, un error, ya que la mayor parte del valor de muchas empresas esta en su Capital Intelectual, no en sus activos tangibles.
El problema es que es muy complejo determinar el valor financiero de los activos intangibles, y por lo tanto es poco probable que se puedan incluir a corto plazo en el balance de la empresa; pero no por ello vamos a dejar de insistir en el valor de los intangibles, ya que estos son los activos críticos para alcanzar el éxito en el entorno competitivo presente y futuro.
Según Euroforum el Capital Intelectual a menudo se identifica como un concepto aglutinador de tres tipos de capitales:
Existen muchas clasificaciones del Capital Intelectual, entre las que podemos mencionar las siguientes:
Según Brooking el capital intelectual de una empresa puede dividirse en cuatro categorías: Activos de mercado (potencial derivado de los bienes inmateriales que guardan relación con el mercado), activos de propiedad intelectual (know-how, secretos de fabricación, copyright, patentes, derechos de diseño, marcas de fábrica y servicios), activos centrados en el individuo (cualificaciones que conforman al hombre y que hacen que sea lo que es) y activos de infraestructura (tecnologías, metodologías y procesos que hacen posible el funcionamiento de la organización).
Para Edvinsson y Malone el capital intelectual se divide en: Capital Humano y Capital Estructural. Este último incluye: Capital Clientela y Capital Organizacional (formado por el Capital Innovación y Capital Proceso).
Steward, por su parte, divide el capital intelectual en tres bloques: Capital Humano, Capital Estructural y Capital Cliente.
Lo cierto es que la mayoría de las clasificaciones del Capital Intelectual propuestas son muy parecidas, y se diferencian en pequeños matices.
El modelo de medición de Capital Intelectual que se presenta a continuación, responde a la necesidad de recoger en un esquema fácilmente comprensible todos aquellos elementos intangibles que generan o generarán valor para la empresa. De esta definición se derivan los siguientes matices:
Este modelo permite ofrecer información relevante para la toma de decisiones a los directivos de la empresa y facilitar información a terceros sobre su valor. En definitiva, pretende entender la diferencia entre el valor contable y el valor de mercado de una organización, así como su capacidad para crecer y generar resultados sostenibles a largo plazo.

La estructura del Modelo Intelect es la siguiente:
Elementos de Capital Humano:
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PRESENTE |
FUTURO |
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Satisfacción del Personal. Tipología del Personal. Competencias de las personas. Liderazgo. Trabajo en Equipo. Estabilidad: riesgo de pérdida.
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Mejora de las Competencias. Capacidad de innovación de las personas y equipos.
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Elementos de Capital Estructural:
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PRESENTE |
FUTURO |
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Cultura Organizacional. Filosofía de Negocio. Procesos de Reflexión Estratégica. Estructura de la Organización. Propiedad Intelectual. Tecnología de Proceso. Tecnología de Producto. Procesos de Apoyo. Procesos de Captación de Conocimiento. Mecanismos de Transmisión y Comunicación. Tecnología de la Información.
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Procesos de Innovación.
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Elementos de Capital Relacional:
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PRESENTE |
FUTURO |
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Base de Clientes Relevantes. Lealtad de Clientes. Intensidad de la Relación con Clientes. Satisfacción de Clientes. Procesos de Servicio y Apoyo al Cliente. Cercanía al Mercado. Notoriedad de Marcas. Reputación / Nombre de la empresa. Alianzas Estratégicas. Interrelación con Proveedores. Interrelación con otros Agentes. |
Capacidad de Mejora / Recreación de la Base de Clientes.
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Las nuevas versiones del Modelo Intelect (Intellectus) dividen el Capital Estructural en Capital Tecnológico y Capital Organizativo.
Para conocer en profundidad el modelo, junto con los indicadores de cada elemento, remitimos al lector a las publicaciones de Euroforum, y a las nuevas versiones del modelo publicadas por el CIC.