La madurez de un equipo se mide por el rendimiento/resultados alcanzados. Una madurez baja se asocia a resultados pobres y una madurez alta genera altos rendimientos, entusiasmo e ilusión en los miembros del equipo.

A medida que el grupo va transformándose en un verdadero equipo, las preocupaciones de los miembros también van cambiando. Si al comienzo ponen energía en preservar su identidad y buscar su lugar (¿quién soy yo y qué “pinto” aquí?), hacia el final se enfocan en la tarea y no están tan pendientes de los procesos emocionales. Alcanzando así, una productividad más alta.